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La especificidad cristiana ante la nueva ética

La civilización mundial está llamada a ser la civilización del amor. La nueva cultura es la cultura que la Iglesia está llamada ahora a evangelizar.

En palabras de Jesús, estamos en el mundo pero no somos de este mundo. Sin embargo, la realidad es que en todas partes del mundo los cristianos se ven tentados, a menudo por ignorancia, a confundir los paradigmas y valores de la nueva ética con la doctrina social de la Iglesia, los “enfoques sensibles a la cultura” con el respeto por la cultura, el “principio de equidad” de la nueva ética con el concepto judeocristiano de justicia, la “sensibilización” con la educación moral y teológica de la conciencia, la “perspectiva de género” y la “atribución de poder a la mujer” con las enseñanzas judeocristianas sobre la igual dignidad del hombre y de la mujer, el principio del “pensamiento positivo” con la vida imbuida por la esperanza teologal, la arbitraria “libertad de elección” con la libertad en Cristo, la dignidad humana con la ley eterna escrita en el corazón del hombre, la “salud reproductiva” con la procreación sana, la “maternidad sin riesgos” con una maternidad sana para madres y niños (nacidos o no), las campañas de “cambio de actitud” diseñadas para fomentar el uso de preservativos y anticonceptivos con la educación por la abstinencia y la fidelidad, la democracia participativa con una verdadera participación democrática, los “derechos humanos” y la “no discriminación” con la buena nueva del amor misericordioso de Dios, el programa de conferencias de la ONU y los Objetivos de Desarrollo del Milenio con un desarrollo integral que respete los valores y las culturas de la gente, etc…

Los cristianos no siempre distinguimos entre el nuevo sistema ético, construido y supuestamente “holístico”, y los designios de salvación de Dios, que son holísticos y eternos. No se dan cuenta de que las dos lógicas van en direcciones opuestas. Se implican en innumerables colaboraciones impulsadas por agentes partidarios de la ética mundial. La Iglesia debe mantenerse al margen del programa radical. Una línea vital separa el humanismo post-cristiano de la nueva ética del humanismo cristiano genuino y completo impulsado por la salvación en Cristo y promovido por la Iglesia. En la práctica, esta línea ya no se aprecia con claridad. La iglesia tiene la misión urgente de recobrar la identidad cristiana y disociarla de programas ambivalentes.

El confundir la especificidad cristiana con la nueva ética mundial conlleva un doble peligro. En primer lugar, los nuevos conceptos tienden a ocupar el espacio que debería ocupar la evangelización. Los cristianos preconizan los derechos humanos, el desarrollo sostenible y los Objetivos de Desarrollo del Milenio en vez de predicar el Evangelio. Poco a poco, se dejan seducir por valores seculares y pierden su identidad cristiana. En Redemptoris Missio, ¿no habló Juan Pablo II de “la progresiva secularización de la salvación”?

En segundo lugar, si los líderes cristianos utilizan los conceptos de la nueva ética sin aclarar explícitamente qué es lo que los distingue de la doctrina social de la Iglesia y del Evangelio, como suelen hacer, los creyentes se quedarán desorientados y ya no distinguirán la diferencia. La confusión resultante puede llevar a una progresiva erosión de la fe de los cristianos.

En Novo Milenio Ineunte, Juan Pablo II nos invita a coger a Cristo como punto de partida: éste es el nuevo inicio al que estamos llamados ahora.