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La postmodernidad y el programa radical de la ética mundial

La revolución cultural encontró su equilibrio en la postmodernidad. La postmodernidad desestabiliza y deconstruye ante todo la modernidad, la síntesis cultural que ha prevalecido en occidente desde los tratados de Westfalia (1648). En la medida en que la postmodernidad deconstruye también los abusos de la modernidad, es decir, el racionalismo, el institucionalismo, el formalismo, el autoritarismo, el Marxismo y el pesimismo liberal, resulta providencial. Pero la postmodernidad también impulsa la apostasía occidental más allá que la modernidad. Igual que en la modernidad, en la postmodernidad no todo es blanco o negro.

El alzamiento de mayo del 68, su rechazo de la moralidad y de la autoridad, su exaltación radical de la libertad individual y el rápido proceso de secularización que siguió precipitaron la transición de las sociedades occidentales a la civilización no represiva que defendía Herbert Marcuse, el padre postmoderno de la revolución cultural occidental. La postmodernidad implica una desestabilización de nuestra percepción racional o teológica de la realidad, de la estructura antropológica que dio Dios al hombre y a la mujer, del orden del universo tal y como fue establecido por Dios. El principio básico de la postmodernidad es que toda realidad es una construcción social, que la verdad y la realidad no tienen un contenido estable y objetivo, y que de hecho no existen. La realidad vendría a ser un texto que hay que interpretar. A la cultura postmoderna le es indiferente que el texto sea interpretado de tal o cual modo: todas las interpretaciones tienen un valor equivalente. Si no hay nada “dado”, entonces las normas y estructuras sociales, políticas, jurídicas y espirituales pueden ser deconstruidas y reconstruidas a voluntad, según las transformaciones sociales del momento. La postmodernidad exalta la soberanía arbitraria del individuo y su derecho a elegir. La ética mundial postmoderna celebra las diferencias, la diversidad de opciones, la diversidad cultural, la libertad cultural, la diversidad sexual (distintas orientaciones sexuales). Esta “celebración” de hecho es la de la “liberación” del hombre y de la mujer de las condiciones de existencia en las que Dios los ha situado.

Pero el concepto de libre voluntad contradice el carácter normativo de los valores postmodernos, y en particular del derecho a elegir, el valor supremo de la nueva cultura. El radicalismo postmoderno estipula que el individuo, para ejercer su derecho a elegir, debe liberarse de todo marco normativo, ya sea semántico (definiciones claras), ontológico (el ser, lo dado), político (soberanía del estado), moral (normas trascendentes), social (tabúes, lo que está prohibido), cultural (tradiciones) o religioso (dogma, la doctrina de la Iglesia). Esta supuesta “liberación” se convierte en un imperativo de la nueva ética. Pasa por la desestabilización y la deconstrucción (dos palabras clave de la postmodernidad) de las definiciones claras, del contenido del lenguaje, de las tradiciones, del ser, de las instituciones, del conocimiento objetivo, de la razón, de la verdad, de las jerarquías legítimas, de la autoridad, de la naturaleza, del crecimiento, de la identidad (personal, genética, nacional, cultural, religiosa, etc), de todo lo que se considera universal y, por consiguiente, de las valores judeocristianos y de la revelación divina.

Cuando se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, la cultura occidental todavía reconocía la existencia de una “ley natural”, de un orden “dado” al universo (y por lo tanto de un “dador”): “todos los seres humanos han nacido libres e iguales en dignidad” (artículo 1). La Declaración Universal habla, por lo tanto, de una dignidad inherente a todos los miembros de la familia humana. Si es inherente, la dignidad humana debe ser reconocida, y los derechos humanos deben ser declarados, no fabricados ex nihilo. En 1948, el concepto de universalidad estaba relacionado con el reconocimiento de la existencia de estos derechos. La universalidad tenía una dimensión trascendente y, por lo tanto, implicaciones morales.

Los derechos humanos universales se hicieron radicalmente autónomos de todo marco moral objetivo y trascendente. El principio puramente inmanente del derecho a elegir es el producto de ese divorcio.

La postmodernidad reclama el derecho a ejercer la libertad personal contra las leyes de la naturaleza, contra las tradiciones y contra la revelación divina. Vuelve a fundamentar el imperio de la “ley” y la democracia sobre el derecho a elegir, en el que incluye, en nombre de una nueva ética, el derecho a tomar decisiones intrínsicamente malas: el aborto, la homosexualidad, el “amor libre”, la eutanasia, el suicidio asistido, el rechazo de cualquier forma de autoridad legítima o jerarquía, la “tolerancia” obligatoria de todas las opiniones, un espíritu de desobediencia que se manifiesta de múltiples maneras. El derecho a elegir interpretado de este modo se ha convertido en la norma fundamental que rige la interpretación de todos los derechos humanos, y es la referencia principal de la nueva ética mundial. Suplanta y “trasciende” el concepto tradicional de universalidad. Se posiciona a un meta-nivel. Se impone y reclama para sí mismo una autoridad normativa mundial.

La ausencia de definiciones claras es el rasgo dominante de todos los términos y expresiones del nuevo lenguaje global, de todos los paradigmas postmodernos. Los expertos que han forjado los nuevos conceptos se negaron explícitamente a definirlos claramente, alegando que una definición concisa limitaría la posibilidad de cada uno de elegir su propia interpretación, lo cual contradice la norma del derecho a elegir. En consecuencia, los nuevos conceptos no tienen un contenido estable o único: son procesos de cambio constante que se amplían tan a menudo como cambian los valores de la sociedad, tan a menudo como surge la posibilidad de nuevas opciones. Los ingenieros sociales afirman que los nuevos paradigmas son “holísticos”, porque incluyen todas las opciones posibles.

Demos un par de ejemplos: la salud reproductiva y el género. La salud reproductiva, concepto clave de la Conferencia del Cairo de 1994, se “define” en el párrafo 7.2 del documento del Cairo. La pseudo definición es un largo y vago párrafo carente de sustancia, ambivalente, que lo engloba todo. La ausencia de claridad es estratégica y manipuladora. El objetivo es permitir la coexistencia de las interpretaciones más contradictorias: la maternidad, la contracepción y el aborto; la esterilización voluntaria o la fecundación in vitro; las relaciones sexuales dentro o fuera del matrimonio, a cualquier edad, en cualquier circunstancia, mientras se respete el triple precepto de la nueva ética: el consentimiento de la pareja, su “seguridad” y la prevención de enfermedades, y el respeto a la libertad de elección de la mujer. La salud reproductiva es el caballo de Troya del lobby pro aborto y de la revolución sexual mundial. A pesar de su carácter eminentemente incoherente, la salud reproductiva se convirtió paradójicamente en una de las normas más aplicadas de la nueva ética mundial.

El género, que fue el concepto clave de la conferencia de Beijing de 1995, integra plenamente el concepto de salud reproductiva. Se “define” como el rol variable del hombre y de la mujer, en vez de como su inalterable función reproductiva. La intención detrás de esta vaga definición es la deconstrucción de la estructura antropológica del hombre y de la mujer, de su complementariedad, de la feminidad y la masculinidad. El rol de la mujer como madre y esposa y su misma naturaleza de mujer no serían más que una construcción social: “una no nace mujer, se convierte en mujer”, dijo Simone de Beauvoir. La deconstrucción del ser humano como hombre y mujer lleva a una sociedad asexual, a una sociedad neutra, sin masculinidad ni feminidad, que sin embargo coloca la libido en el centro de la ley. El proceso de deconstrucción acaba llevando a una sociedad sin amor. El concepto de género es la caballo de Troya de la revolución feminista occidental en sus aspectos más radicales, una revolución que ya se ha extendido exitosamente a las cinco partes del mundo. El género está en pleno centro de las prioridades de desarrollo global, y en particular de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Existe una conexión directa entre el deconstruccionismo del género y la ideología de la “orientación sexual” (bisexualidad, homosexualidad, lesbianismo, heterosexualidad…). La ética mundial posiciona todas estas “opciones” en el mismo nivel. La conferencia del Cairo introdujo el concepto de familia bajo todas sus formas: este concepto supuestamente holístico incluye a las familias tradicionales, a las familias reconstituidas, y a las familias con “padres” del mismo sexo. Las naciones occidentales parecen adentrarse cada vez más en el camino de esta “diversidad”.

En la postmodernidad, el individuo se convierte en el creador “libre” de su propio destino y de un nuevo orden social. Puede elegir ser homosexual hoy y bisexual mañana (orientación sexual). Los niños pueden elegir su propia opinión, independientemente de los valores que reciban de los padres (derechos del niño). Son tratados en pie de igualdad como “ciudadanos” y participan en las decisiones políticas que afectan a sus vidas (Parlamentos de Jóvenes). Los estudiantes eligen su propio currículo en la escuela y se educan los unos a los otros, mientras que los profesores actúan como “facilitadores” (educación por los pares, educación para todos, formación en técnicas de vida). Las mujeres desempeñan los roles sociales de los hombres (igualdad de géneros, sociedad unisex). Las ONGs determinan políticas mundiales, y los gobiernos se conforman a sus valores (buena gestión de los asuntos públicos). Grupos de mujeres “esclarecen” la doctrina de la Iglesia y democratizan la Iglesia (esclarecimiento de los valores, democracia participativa). El lobby de la eutanasia se convierte en un firme defensor de la “dignidad humana”. La salud reproductiva conlleva el derecho a no reproducir (aborto “seguro”, acceso universal a “la más amplia gama de anticonceptivos”). Todos somos ciudadanos con igualdad de derechos, unidos por relaciones contractuales, sin amor. El mundo está al revés. Lo que deconstruye la ética global es la misma estructura antropológica del ser humano.

La ética postmoderna de la elección se jacta de eliminar jerarquías. Sin embargo, al imponer mundialmente la “trascendencia” de la elección arbitraria, engendra una nueva jerarquía de valores. Coloca el placer por encima del amor, la salud y el bienestar por encima de lo sagrado de la vida, la participación de grupos de interés especiales en el gobierno de los asuntos públicos por encima de la representación democrática, los derechos de la mujer por encima de la maternidad, la atribución de poder al individuo egoísta por encima de cualquier forma de autoridad legítima, la ética por encima de la moralidad, el derecho a elegir por encima de la ley eterna escrita en el corazón del hombre, la democracia y el humanismo por encima de la revelación divina; en pocas palabras, lo inmanente por encima de lo trascendente, el hombre por encima de Dios, el “mundo”, por encima del “cielo”.

Las nuevas jerarquías expresan una forma de dominación sobre las conciencias, lo que el papa Benedicto XVI, antes de su elección, denominó la dictadura del relativismo. La expresión puede parecer paradójica: una dictadura lo es porque hay una imposición de arriba hacia abajo, mientras que el relativismo implica la negación de absolutos y reacciona contra cualquier tipo de imposición desde arriba, como pueden ser la verdad, la revelación, la realidad, la moralidad. En una dictadura del relativismo, lo que se nos impone es una deconstrucción radical de nuestra humanidad y de nuestra fe a través de un proceso de transformación cultural aparentemente neutro e inofensivo. El relativismo lleva una máscara: es dominante y destructivo.

En el pasado, lo que el occidente llamaba “el enemigo” (como, por ejemplo, el marxismo-leninismo o las dictaduras sangrientas) solía ser algo claramente identificable, único, externo a las democracias occidentales, agresivo, centralizado, ideológico, regional. Ese “enemigo” utilizaba métodos autoritarios, brutales, como eran la toma del poder por la fuerza, un régimen político represivo, encarcelamientos y asesinatos. El resultado eran regímenes totalitarios nacionales o regionales. En el mundo postmoderno, el enemigo es indefinido, oculto, descentralizado, sutil, silencioso, global. Sus estrategias son suaves, culturales, informales, internas, operan desde la base. El resultado final de la dictadura global del relativismo es la deconstrucción del hombre y de la naturaleza, y la propagación cultural de la apostasía en el mundo y en particular en los países en vías de desarrollo.

Al igual que los sistemas ideológicos del pasado, la ética mundial terminará deconstruyéndose. Al estar repleta de contradicciones, no es sostenible. Los cristianos no deberían dar por hecho, sin embargo, que la civilización mundial que está emergiendo volverá por sí misma al sentido común y a los valores cristianos: la nueva cultura debe ser evangelizada.