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Marco histórico

¿Cómo se produjo la revolución? Las circunstancias históricas tras la caída del muro de Berlín facilitaron la toma de poder por parte de los agentes de la revolución. A principios de los 90, la ONU desempeñó un papel importante, aunque no exclusivo, como catalizador de los cambios culturales en el mundo. Hoy, los socios de la ética mundial son tan numerosos, tan diversos y tan poderosos que su programa seguiría penetrando el tejido de la sociedad aunque la ONU desapareciera.

Al finalizar la guerra fría, la gente estaba preparada para un cambio. Aspiraban a la paz, a la democracia, a la libertad, a la libertad religiosa, a la reconciliación entre pueblos, a un nuevo consenso genuino, a un desarrollo real, a la solidaridad entre norte y sur, a la participación de la base, a una visión holística de la realidad, a una integración consciente de las preocupaciones humanas y medioambientales en la elaboración de políticas, a la descentralización, a la subsidiariedad, a la igualdad, a un proceso de globalización centrado en la persona, a un auténtico diálogo entre culturas y al respeto mutuo. El desarrollo sostenible, la atribución de poder a las mujeres, el buen gobierno, la educación por la paz, el diálogo entre civilizaciones y la mayoría de los otros nuevos paradigmas adoptados en los 90, parecían responder a lo que la humanidad esperaba. Pero las aspiraciones de la humanidad han sido secuestradas. La ética mundial, la solidaridad, el altruismo y el humanitarismo ahora sirven frecuentemente de tapadera para un programa de deconstrucción humana y social.

El final de la división este-oeste coincidió con la rápida aceleración de la globalización económica. El poder financiero y económico de las multinacionales creció exponencialmente, mientras que el poder de los estados-nación parecía disminuir. La ONU trató de fortalecer sus instituciones y de posicionarse en el centro estratégico de la gobernabilidad mundial. Proclamando que había recibido un mandato ético y declarando que gozaba de un monopolio sobre la ética en la era de la globalización, la ONU se presentó como la única institución capaz de humanizar la globalización y de hacerla ética y sostenible. Ofreció una "autoridad moral universal" que contrarrestara el poder económico mundial del mercado. Además, la ONU argumentó que los "problemas globales" no sólo requerían soluciones globales, sino también valores globales – una ética mundial que sólo la ONU sería capaz de forjar y de aplicar.

En cuanto terminó la guerra fría, la ONU organizó una serie de conferencias intergubernamentales sin precedentes. La finalidad del proceso de conferencias era la de construir una nueva visión integrada del mundo, un nuevo orden mundial, un nuevo consenso global, en relación con las normas, los valores y las prioridades que debía tener la comunidad internacional en la nueva era: la educación (Jomtien, 1990); la infancia (Nueva York, 1990); el medioambiente (Río, 1992); los derechos humanos (Viena, 1993); la población (El Cairo, 1994); el desarrollo social (Copenhagen, 1995); la mujer (Beijing, 1995); el hábitat (Istanbul, 1996); y la seguridad alimenticia (Roma, 1996). Las conferencias fueron concebidas como un continuo, y el consenso global como un paquete que integraba todos los nuevos paradigmas en una nueva síntesis cultural y ética.

El nuevo consenso sólo tardó seis años en ser construido y apoyado mundialmente. La fase de implementación empezó en 1996. Desde entonces, los agentes de la revolución se han asegurado de que ningún debate vuelva a abrir o cuestione el supuesto consenso.

La revolución de Internet de mediados de los 90, el crecimiento exponencial de colaboraciones y de redes transnacionales informales de gestión de los asuntos públicos (que agrupan a fundaciones multimillonarias, a políticos de ideología afín, a ONGs, a representantes del mundo de las finanzas, a empresas, a académicos…), la globalización bajo todas sus formas y la estrategia de descentralización y regionalización de la ONU han contribuido a que el programa global se aplique efectivamente a nivel local, pasando por los niveles regional y nacional.

Por su mandato, la ONU es una organización intergubernamental. Se suponía que el "consenso global" debía reflejar la voluntad de los gobiernos y que éstos a su vez debían representar la voluntad del pueblo. Pero en la práctica, las normas mundiales fueron construidas por "expertos" elegidos en función de su orientación ideológica.

¿Cómo pudieron los ideólogos hacerse con el poder normativo global? En 1989, se razonaba como si el "final de las ideologías" hubiera establecido automáticamente un estado de consenso en el mundo. En el nuevo esquema de ideas, los problemas de la humanidad eran ahora de tipo únicamente pragmático. La "neutralidad" de las nuevas cuestiones que se encontraban en el centro de la cooperación internacional se consideraba evidente: la degradación medioambiental, la desigualdad de sexos, el crecimiento poblacional, los abusos de los derechos humanos, la pobreza creciente, la falta de acceso a educación y sanidad, etc. Además, la ONU argumentó que estos problemas son "globales" por naturaleza. De acuerdo con esta lógica, lo que los gobiernos necesitaban no era un debate democrático sino la experiencia del terreno y los conocimientos técnicos de las ONGs. La mayoría cometió el error de adherirse al mito de la neutralidad sin interesarse por el fundamento antropológico e ideológico de estas cuestiones.

En realidad, la generación de mayo del 68, el poderoso lobby de control poblacional y su industria multimillonaria, los movimientos eco-feministas y otras ONGs seculares occidentales, así como los académicos postmodernos, ocuparon puestos clave en las Naciones Unidas y en sus agencias especializadas desde los años 60. Mientras que los gobiernos occidentales se centraban en tratar de contener la amenaza soviética durante la guerra fría, una minoría de ideólogos afines ente sí, trabajando en las burocracias internacionales y operando en redes, adquirían unos conocimientos indisputables en las diversas áreas socioeconómicas que se abordaban en las conferencias. Después de 1989, se presentaron como los expertos que la comunidad internacional necesitaba para afrontar los nuevos retos de la cooperación internacional. Al no encontrar ninguna oposición, estos ideólogos ejercieron un liderazgo normativo mundial bajo la tapadera de sus conocimientos técnicos. El programa oculto de una minoría de tecnócratas ideológicos era el de lograr un cambio cultural global acorde con sus objetivos de ingeniería social.

El hecho político principal de la revolución cultural es el control efectivo que adquirieron distintos grupos de la sociedad civil (sobretodo las ONGs) sobre la maquinaria de la ONU, así como el control por parte del Secretariado General de la ONU sobre los estados miembros. La influencia de ONGs poderosas en la formación y dirección de políticas “globales” tras la caída del muro de Berlín creció de modo dramático. Los “actores no estatales” se convirtieron en los principales impulsores del cambio cultural. Las ONGs han sido el socio primario del Secretariado de las Naciones Unidas y de las agencias especializadas de la ONU en toda su actividad, desde la fijación de prioridades hasta la construcción de consenso, pasando por la aplicación de políticas y la “monitorización del progreso”.

La interacción entre la ONU y las ONGs pronto se convirtió en un principio: el principio de partenariado. Este principio estipula que los actores gubernamentales y no gubernamentales deben ser tratados como socios iguales. La condición para formar parte de una colaboración es la de adherirse a una visión y a una estrategia preestablecidas: los socios deben tener ideas afines. Cualquier fuerza que no esté alineada con esta visión queda excluida de antemano. Las colaboraciones son exclusivas. En la práctica, la ética mundial y sus diversos componentes han sido la única visión común de todas las colaboraciones existentes.

El reclamar cada vez más poder político para los “socios” en detrimento de los que lo ejercen legítimamente pertenece a la lógica del principio de partenariado. Por lo tanto, es razonable preguntarnos si este principio de partenariado contribuye de modo determinante a la deconstrucción de la democracia. No obstante, el principio se ha impuesto con tanta fuerza que ha engendrado una cultura mundial de colaboraciones entre socios.

El principio de partenariado a su vez ha creado nuevos patrones políticos: entre otros, los principios de buena gestión de los asuntos públicos, de democracia participativa, de consenso de múltiples interesados y de redes transnacionales de gobernabilidad. Estos patrones no brotan del principio de representación democrática (a su vez ligado a valores universales), sino del principio de partenariado que depende de facto de la ética global. El peligro de estos patrones es que la legítima autoridad moral de los gobiernos electos se redistribuye a grupos de interés no electos que no sólo no tienen legitimidad política sino que además pueden ser radicales. La democracia participativa y la buena gestión de los asuntos públicos no se integran en la democracia representativa ni son controladas por ella. Considerados como sus complementos, se desarrollan en paralelo a ella.

El consenso mundial tiene, en términos de la ONU, múltiples interesados. Esto significa que todos los “ciudadanos globales” deben involucrarse, apropiarse del orden del día, defenderlo, enseñarlo, aplicarlo y hacerlo respetar: no sólo los gobiernos, sino también las ONGs, los “actores de la sociedad civil”, los grupos de mujeres, las empresas y la industria, así como las comunidades científica y tecnológica, las familias, los niños y los jóvenes, los académicos, las organizaciones paraguas, los sindicatos, los expertos, las autoridades locales, los agricultores, las poblaciones indígenas, los medios de comunicación, los imames y pastores… La ética mundial se posiciona por encima de la soberanía nacional, por encima de la autoridad de los padres y de los educadores, e incluso por encima de las enseñanzas de las religiones del mundo. Traspasa toda jerarquía legítima. Establece una conexión directa entre ella y el ciudadano individual, lo cual es propio de una dictadura.