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Una revolución cultural mundial

Al final de la Guerra fría, centenares de conceptos nuevos se extendieron como un reguero de pólvora hasta las partes más remotas del planeta, expresándose a través de un nuevo lenguaje. Demos unos cuantos ejemplos en desorden:

globalización con rostro humano, ciudadanía mundial, desarrollo sostenible, buen gobierno, construcción de consenso, ética mundial, diversidad cultural, libertad cultural, diálogo de civilizaciones, calidad de vida, educación de calidad, educación para todos, derecho a elegir, elección informada, consentimiento informado, género, igualdad de oportunidades, principio de equidad, criterio dominante, atribución de poder, ONGs, sociedad civil, colaboración, transparencia, participación de los beneficiarios, gestión responsable, holismo, consulta extensa, facilitación, inclusión, sensibilización, esclarecimiento de valores, creación de capacidades, derechos de la mujer, derechos del niño, derechos reproductivos, orientación sexual, aborto sin riesgo, maternidad segura, enfoque de derechos humanos, beneficio para todas las partes, entorno favorable, igualdad de oportunidades, preparación para la vida, educación impartida por los pares, integridad corporal, internalización, apropiación, agentes de cambio, prácticas óptimas, indicadores de progreso, enfoque sensible a la cultura, espiritualidad secular, Parlamento de Jóvenes, educación para la paz, derechos de las generaciones futuras, responsabilidad social corporativa, comercio justo, seguridad humana, principio de precaución, prevención, etc…

Ya no se puede negar la predominancia de estos conceptos en la cultura contemporánea, cuya principal característica es que es mundial.

Este revoltijo aparente de palabras y conceptos no puede ser ni condenado ni apoyado en su totalidad. Las genuinas aspiraciones humanas y los valores perennes se han enmarañado con los frutos amargos de la apostasía occidental que han corrompido el proceso de globalización desde dentro.

Sin embargo, el nuevo lenguaje mundial tiende a excluir palabras que pertenecen específicamente a la tradición judeocristiana, como por ejemplo:

verdad, moralidad, conciencia, razón, corazón, virginidad, castidad, esposo, marido, mujer, padre, madre, hijo, hija, complementariedad, servicio, ayuda, autoridad, jerarquía, justicia, ley, mandamiento, dogma, fe, caridad, esperanza, sufrimiento, pecado, amigo, enemigo, naturaleza, representación…

¿Acaso no sugirió Jacques Derrida, el maestro de la deconstrucción postmoderna, en una entrevista concedida al periódico francés Le Monde, poco antes de morir en 2004, que se eliminara la palabra "matrimonio" del código civil francés para resolver el problema del estatus jurídico de las parejas homosexuales? La exclusión de ciertas palabras es un factor que debe tomarse en consideración cuando se analizan los retos de la ética mundial.

Algunos de los nuevos conceptos se ha transformado en paradigmas mundiales. Se ha pasado así de la generación espontánea de conceptos a un proceso normativo a través del cual las minorías en el poder han logrado imponer a todos sus interpretaciones ideológicas de los nuevos conceptos: el proceso normativo ha sido acompañado por un proceso de radicalización ideológica. Definir públicamente la homosexualidad como pecado, por ejemplo, equivale ahora a violar una de las normas supremas de la nueva cultura: el derecho absoluto a elegir o el principio de no-discriminación.

Los nuevos paradigmas reflejan unos cambios culturales dramáticos que marcan el paso de la civilización occidental de la modernidad a la postmodernidad. Los nuevos paradigmas postmodernos desestabilizan los antiguos paradigmas modernos. Veamos algunos ejemplos de estos cambios:

de desarrollo como crecimiento se pasa a desarrollo sostenible,
de gobierno a gobernabilidad,
de democracia representativa a democracia participativa,
de autoridad a autonomía y a derechos individuales,
de esposos a pareja,
de felicidad a calidad de vida,
de lo dado a lo construido,
de la familia a todas las formas de familia,
de padres a reproductores,
de necesidades materiales objetivas y cuantificables a un enfoque arbitrario de los derechos,
de la caridad a los derechos,
de la identidad cultural a la diversidad cultural,
de voto mayoritario a consenso,
de confrontación a diálogo,
de seguridad internacional a seguridad humana,
de valores universales a una ética mundial, y así seguido.

Los cambios culturales que se han producido desde el final de la guerra fría tienen la magnitud de una revolución cultural mundial. Sus implicaciones son extremadamente complejas y deben ser estudiadas una por una con cuidado.

La influencia de las nuevas normas no se ha limitado a la adopción de un nuevo marco conceptual: los nuevos paradigmas se han transformado en principios dinámicos de acción que ya han llevado a transformaciones concretas e irreversibles en todos los sectores de la vida socioeconómica y política. Estas transformaciones nos afectan directamente, ahí donde nos encontramos, en nuestras vidas diarias, especialmente en las áreas que son más importantes para la moralidad personal y social, como son la educación y la sanidad: nuevas leyes y políticas, cambios radicales de mentalidades y estilos de vida, códigos de conducta para empresas e instituciones, cambios en el contenido de los planes de estudios y los libros de texto, nuevas normas y métodos de toma de decisiones en la política, los sistemas de sanidad y la educación, nuevas prioridades estratégicas para la cooperación internacional, modos radicalmente nuevos de enfocar el desarrollo, una transformación a fondo de los principios y mecanismos democráticos – una nueva escala de valores impuesta a todos.

La eficacia del proceso revolucionario ha sido tal que los nuevos conceptos ya son omnipresentes. Empapan la cultura de las organizaciones internacionales, supranacionales y regionales, la cultura de los gobiernos y de sus ministerios, de los partidos políticos (tanto de izquierdas como de derechas) y de las autoridades locales, la cultura corporativa, la cultura de los sistemas de sanidad y de educación, la cultura de los medios de comunicación, la cultura de las innumerables redes de ONGs y la gobernabilidad transnacional. En diversos grados, el nuevo lenguaje también ha penetrado el mundo de las religiones, incluso en ONGs y organizaciones benéficas cristianas.

En todas partes del mundo, las sociedades y las naciones viven ahora en una cultura gobernada por los valores del consenso, la diversidad, las colaboraciones, la sostenibilidad, el holismo, la elección, la igualdad de género, la participación de las bases, etc. Para mejor o peor, seamos o no conscientes de ello, la cultura mundial nos educa a todos. Ahora bien, insistimos en que el contenido de esta cultura, que externamente resulta atractiva, no es evidente. No es neutro -la neutralidad es un mito en el que nadie ha creído nunca verdaderamente. Los nuevos valores son ambivalentes. La posibilidad de un auténtico consenso coexiste con un programa radical. La ambivalencia no significa tolerancia y elección, aunque la mayoría tienden a creerlo. La ambivalencia es un proceso de deconstrucción de la realidad y de la verdad que lleva al ejercicio arbitrario del poder, a la dominación y a la intolerancia. La paradoja de la postmodernidad es que se trata de deconstruir las formas modernas de ejercicio del poder y a la vez de introducir formas nuevas, más sofisticadas y sutiles, de hacerse con el poder.

Integrados en una cultura, los nuevos conceptos no resultan confusos. Forman parte de una dinámica, están regidos por una lógica interna. Los nuevos conceptos están interrelacionados, son interactivos, interdependientes, indivisibles y se refuerzan mutuamente. Pertenecen a un sistema, un todo que lo contiene todo. Por ejemplo, en el nuevo sistema, la buena gestión de los asuntos públicos, que presupone la construcción de consenso y la participación de las ONGs desde la base, es el instrumento mediante el cual se aplica el desarrollo sostenible, y éste pasa por la igualdad de géneros, de la cual el acceso universal a la salud reproductiva, a su vez basada en la elección informada y el derecho a elegir (es decir, el derecho a abortar), es un prerrequisito. Los nuevos paradigmas son holísticos, hasta el punto de que se incluyen totalmente los unos en los otros.

Una nueva ética proporciona a los nuevos paradigmas su configuración unificadora. La ética es mundial. La ética mundial ha sustituido a los valores universales sobre los que se fundó el orden internacional en 1945 y que ahora se consideran obsoletos. El punto de partida y la meta de la ética mundial no coinciden con los del tradicional concepto de universalidad: la ética mundial está corrompida por la radicalización. Es imposible comprenderla sin relacionarla con la "nueva teología" que precedió a la revolución cultural y que empujó la trascendencia de Dios "al otro lado", colocando lo inmanente en manos del hombre.

La mayoría de las nuevas normas todavía no se integran formalmente en el derecho internacional y por lo tanto aún no son vinculantes. Sin embargo, el poder de la revolución ha sido tal que vinculan de otra manera, no sólo a los gobiernos sino sobretodo a las mentalidades y comportamientos en el seno de las culturas del mundo. La nueva ética es un Diktat. En términos de eficacia y eficiencia, parece más poderosa que la ley y que el derecho internacional. ¿Qué jefe de estado ha propuesto, articulado y definido alternativas a los nuevos paradigmas? ¿Qué organización se ha atrevido exitosamente a cuestionar sus principios subyacentes? ¿Qué cultura ha planteado una resistencia eficaz? El hecho es que los actores políticos y sociales influyentes en todas partes del mundo, no sólo no han opuesto resistencia sino que han interiorizado los nuevos paradigmas y se han apropiado de ellos. El alineamiento ha sido general.

A pesar de su eficacia devastadora, la revolución cultural ha pasado prácticamente desapercibida. Ha sido una revolución silenciosa. Se ha llevado a cabo sin derramamiento de sangre, sin confrontación abierta, sin golpe de estado ni derrocamiento de instituciones. No se ha producido en ningún país del mundo un debate abierto, sostenido y democrático sobre el contenido de los nuevos conceptos. No se ha manifestado ninguna oposición ni resistencia. Todo ha sucedido sigilosamente, mediante la búsqueda de consenso, campañas de concienciación y sensibilización, procesos informales, asesoramiento entre iguales, esclarecimiento (los "expertos" supuestamente esclarecen los valores de las culturas y tradiciones, y dicen cuáles son aceptables, integrando en ellas su propio programa), diálogo, colaboraciones, procesos paralelos, ingeniería social, ajustes culturales y otras técnicas blandas de cambio social que son manipuladoras en la medida en que esconden y tratan de imponer a todos el programa de unos pocos.

La revolución se ha producido por encima del nivel nacional (en la ONU), y por debajo (a través de las ONGs, en lo que se ha denominado "movimiento de la sociedad civil"). Los verdaderos propietarios de la nueva ética no son ni los gobiernos ni los ciudadanos a quienes representan, sino grupos de presión que persiguen intereses especiales que, como veremos más adelante, se han hecho con el poder normativo mundial a hurtadillas. Estos grupos han sido la punta de lanza de la revolución, los pioneros, los expertos que han forjado el nuevo lenguaje manipulador, los sensibilizadores que han liderado "campañas mundiales", los constructores de consenso, los facilitadores, los principales socios de la gobernabilidad mundial, los ingenieros sociales, los campeones de la ética mundial.

Al esquivar los principios democráticos, la revolución no ha afectado a las estructuras externas de las instituciones políticas. No ha cambiado por ahora su mandato. No ha instaurado un nuevo régimen político. Es en el seno de instituciones, empresas, escuelas, universidades, hospitales, culturas, gobiernos, familias, dentro de la Iglesia, donde se han producido cambios radicales de mentalidad y de comportamiento. La fachada institucional se mantiene en pie, pero el interior ya lo ocupan extraños. El enemigo se encuentra dentro: el campo de batalla del postmodernismo es interno.