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Noviembre-diciembre 2009

Queridos amigos,

En los últimos días antes de la conferencia de Copenhague, que debe celebrarse del 7 al 18 de diciembre, el “cambio climático” es el gran protagonista de las reuniones intergubernamentales y de la cobertura de los medios de comunicación. ¿Qué podemos decir de esta cuestión tan compleja desde la perspectiva de la autodeterminación de las personas y de las naciones?

Para la gran mayoría de nosotros resulta imposible comprobar la validez científica de las conclusiones “consensuales” del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), órgano de la ONU que goza de un monopolio efectivo sobre los datos que utiliza la gobernanza mundial en este terreno.

Sería irracional alinearse emocionalmente al “consenso de los expertos”, y aunque ésta no es una opción, vivir con mayor sobriedad sí podría ser un camino para redescubrir nuestra humanidad. Es posible que el cambio político y cultural que se ha producido a nivel global en las últimas décadas a favor del paradigma de lo “sostenible”, haya dado un golpe mortal al consumismo, abriendo una brecha en la espesa costra del materialismo occidental. La gestión responsable de la naturaleza se ha convertido en un rasgo dominante de la nueva ética.

Pero esta ética es ambivalente, en particular en lo que se refiere a la relación del ser humano con la naturaleza. La nueva ética nunca llama a la naturaleza “creación”, sino “Tierra”, como si fuera el origen y el destino de la humanidad. Las implicaciones de esta ambivalencia van muy lejos. Por ejemplo, la gobernanza global utiliza el cambio climático para justificar sus políticas de control demográfico, ya que la humanidad se considera como principal responsable del calentamiento global. La nueva ética también tiende a tomar los problemas sociales y medioambientales como punto de partida: es esencialmente pesimista.

El debate sobre el cambio climático ha adquirido un nuevo protagonismo en los últimos veinte años. Entonces casi no se hablaba de ello, pero se ha convertido hoy –en palabras de Ban Ki-moon– en “la cuestión determinante de nuestra era”. A la sombra de este protagonismo, existen numerosos interrogantes que no son objeto de un debate abierto. Por ejemplo, la alianza efectiva entre los científicos y los políticos (es decir, el hecho de que la gobernanza mundial esté en manos de los expertos); la dialéctica del interés común contra el interés personal; los desafíos de una ciencia postmoderna, participativa y consensual; el hecho de que la oposición no tenga una voz en el IPCC. El informe IIS 286 (solo en inglés) trata algunos de estos temas.

En décadas recientes, la nueva “cultura del consenso” ha influido también en el mundo científico, que tanto preciaba en el pasado su independencia frente a la política y a los grupos de presión. En el marco de nuestro diálogo sobre el “consenso”, os animamos a aportar vuestras reflexiones sobre la relación entre consenso y ciencia, sobre la “ciencia consensual”. Hemos recibido contribuciones muy válidas a nuestro diálogo, pero no las hemos podido publicar por su longitud excesiva. Por ello, os invitamos a leer las normas para participación en los diálogos que os proponemos.